El maestro y sus niños ¿Quién enseña a quién?

Publicado: 15 febrero, 2011 en Lecturas
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El maestro y sus niños ¿Quién enseña a quién?
Elena Poniatowska
Son ojos con hambre los que miran. Oídos ávidos, sensibles. Bocas chimuelas que a ratos se abren. Frentes lisas, puras, en las que nada aún ha sido inscrito. Cabellos fantasiosos. Cuellos de camisa y camiseta a veces limpísimos, almidonados, otras machucados, otras de plano con la raya de la mugre haciendo un círculo. Aquel de hasta allá, el de la “Z”, no pone atención, habrá que cambiarlo hasta adelante aunque se rompa el orden alfabético. Ese flaquito parpadea a cada instante; ha de tener algún problema de la vista. En breve será para todos “El Cuatro Ojos”. A aquella alta se le cierran los párpados, seguro viene sin desayunar.
Allí sentados, son tambachitos. Trapos, linfa, piel, venas, cuero cabelludo, huesos, pajaritos y ranuritas, saliva, sesos, humores, orines, pulmones, aire contenido, sangre, corazón tambor que late, tripitas, pies desnudos, pies calzados, manos ágiles, manos ignorantes, todo ese montón de órganos aguarda allí expectante. Son bultitos. No saben lo que tienen, no saben lo que son, no saben que cada uno de ellos es único e irremplazable, materia inerte. Esperan.
No se requiere de mucho para captar la atención. Basta llevar a un niño adentro. Amparo Ochoa fue maestra rural antes de ser cantante y por eso compuso una canción sobre una niña de delantal de cuadritos azul y blanco que estaba embarazada; tal vez la conoció en las rancherías de Sinaloa, donde todavía recuerdan a “la Profe Amparito”, pero ella decidió ejercer la docencia de otro modo, con su canto. Paula Gómez Alonso fue una maestra extraordinaria, maternal, todos sus alumnos le cabían en el regazo por ser gordita. En una carta al fotógrafo Edward Weston en julio de 1927, Tina Modotti escribe:
Algunas personas, amigos de Ella Wolfe que han venido aquí de. Nueva York, querían visitar la escuela en la colonia de la Bolsa. Como también yo estaba interesadísima en conocerla ofrecí llevarlos. Edward, cuando salimos del lugar todos teníamos lágrimas en los ojos. Lo que ha logrado el señor Oropela (el fundador y director) es algo que no intentaré relatar aquí. Y cuando lo felicitamos por sus logros contestó: “No podría haber hecho nada sin los niños”. Tienen secciones de carpintería, panadería, costura, impresión, fotografía, agricultura, zapatería, etcétera. Todo, claro está, en pequeñísima escala pero serio; cada sección tiene una persona experta como maestro, quiero decir un verdadero panadero profesional, un zapatero, etcétera. Todo se hace sobre la base de sindicatos —cada sección tiene, su delegado—, y en reuniones semanales discuten, los problemas que han surgido en la semana y la manera de mejorarlo todo. También tienen una comisión de justicia elegida por los muchachos e integrada por ellos. Este es un caso: un muchacho fue descubierto robando una considerable cantidad de dinero de los fondos generales. ¿Cómo crees que lo castigaron? Haciéndolo tesorero.
Además de los trabajos manuales todos tienen ciertas horas de educación general y algunas de gimnasia, juego, etcétera. Podría seguir escribiendo sin parar sobre esto, pero en fin de cuentas no sería capaz de hacerlo. El señor Oropeza está escribiendo un libro sobre la fundación y el desarrollo de la escuela. John Dewey (uno de sus más grandes admiradores) ha prometido financiar la publicación.
Realmente lamento que no hayamos visitado la escuela mientras estabas aquí como tantas veces lo planeamos.
Querido mío, esto es todo por esta noche.
Esos años fueron clave en la formación del nuevo país, México. Sus forjadores eran de una entrega total a sus ideales. Nacieron las escuelas de arte al aire libre en donde todo era gratis y Vasconcelos se propuso llevar a Sócrates, a Platón y a Esquilo a los surcos. Invitó a Gabriela Mistral “La Maestra de América” a enseñar en México y en las brigadas culturales a la provincia, participaron hombres de la talla de Leopoldo Méndez. ¡Cuánto desinterés y cuánta nobleza! ¡México nunca ha vuelto a ser tan hermoso!
Diez años más tarde, Rosario Castellanos cuenta de su escuela en Comitán Chiapas donde una sola maestra agrupaba en un único salón de clases a niños y niñas de todas las edades y enseñaba curiosas materias como “Calores y Palancas”, epistemología, o sea el estudio de los pistilos de las flores y otras especialidades recónditas. Sin embargo debió ser una extraordinaria maestra puesto que el producto fue Rosario, la mayor escritora mexicana después de Sor Juana Inés de la Cruz, trescientos años más tarde.
*
Patricio Redondo desembarcó en Coatzacoalcos en 1940; era maestro, era español y era republicano. Había sufrido. No era muy joven. Quizá pensó llegar hasta el centro de la República así como todos los caminos llevan al Zócalo pero se detuvo en San Andrés Tuxtla. Bajo un árbol reunió a tres o cuatro niños y empezó a hablarles de cosas muy sencillas: el sol, la luz, el oxígeno que respiramos, el peso del aire y el pájaro que sabe sostenerse en él. Los niños que pasaban por la calle se acercaron para tomar lugar bajo el árbol. Los materiales de trabajo eran palitos, hojas, flores secas, cajitas de cerillos, cualquier cosa a la mano. El instrumento era la voz del maestro. Pero también eran las voces de los niños, porque Patricio Redondo los hizo hablar de ellos mismos, de su casa, de sus intereses.
—A ver ¿qué es un niño?
Algunos dibujaron una albóndiga con patas, otros una araña con un moño en la cabeza.
—A ver ¿qué es una mamá? Una niña escribió:
Mi mamá se enfermó.
Se la llevaron al hospital.
Se estuvo como mil días.
Tuve el privilegio de conocer a Patricio Redondo y de quererlo, con su guayabera blanca y sus anteojos, sus zapatos de caminante. Era un hombre recio, a veces tajante, prodigiosamente alerta; sabía para qué había venido al mundo. En el Distrito Federal le llamaban mucho la atención los papeleritos, aquellos que el 16 de septiembre se subían al Caballito para ver el desfile. “Estos niños no se arredran ante nada, estos niños tienen mucho qué enseñarnos”. El mismo vivió siempre frugalmente, lo único que le hacía falta eran los niños. Poseído, tenía una sola obsesión: educar a los niños, una sola palabra: aprender.
En el Kikos pedía café con leche en vaso y con nuestras conchas hacíamos “chopitas”. Él hablaba, nunca se dispersó, su tema único de conversación era el niño, enseñarle al niño, hacerlo crecer, estirarlo, ensancharlo, ponerlo en actividad y de paso también activar el espíritu de sus padres, de su familia, de la comunidad. “¿Cómo, por qué, para qué?” insistía. Los niños lo miraban con ojos afiebrados. ¿Cómo sacar a flote su ingenio, su capacidad creadora, su fe en sí mismos, y sobre todo su seguridad? A diferencia de los niños españoles, los nuestros son tímidos, prudentes, se dejan bocabajear. Saben y guardan silencio. “Niños, la escuela es la vida, vamos a estudiar siempre. ¿Qué le pasa a la leche cuando hierve?”
Quizá Patricio no lo sabía pero Sor Juana también estudiaba en todas las cosas que Dios nos dio. Una prelada muy santa y muy tonta que creyó que el estudio era cosa de la Inquisición le ordenó a Sor Juana que no estudiase y durante los tres meses en que ella fue superiora del convento, Sor Juana no abrió uno solo de sus amados libros, pero en cuanto a no estudiar no lo pudo cumplir porque estudiaba en todo lo que Dios creó, nada veía sin reflejar, nada escuchaba sin consideración, y aunque no estudiara en los libros, su maestro era toda esta maquinaria universal, y hasta en la cocina y frente a los pucheros descubrió secretos naturales, como un huevo por ejemplo, y dedujo que si Aristóteles hubiera sabido guisar, habría escrito mucho más.
Apenas tuvo lápices de colores y hojas blancas, Patricio se llevó a los niños de excursión; insectos, mariposas, flores de muchos pétalos, nervaduras de hojas, tréboles. Los niños dibujaron en sus hojas lo que habían visto, trocitos de vida, trocitos de naturaleza. Con la ayuda del pueblo la escuela adquirió paredes y fue techada, el árbol echó raíces. No es que las paredes fueran indispensables pero la escuela se volvió un taller. Harían cuadernitos, imprimirían en una prensa manual, fácil de manejar, sus pensamientos. Activos, dinámicos, los niños empezaron a mostrar entusiasmo por lo que hacían y por sí mismos como hacedores. Impacientes aguardaban la hora de ir a esta escuela siempre abierta, sin cerrojos.
“Soy porque hago” parecían decir o ¿Soy lo qué hago? Requerían mayor atención. El diálogo. Patricio lo dijo: “Maestro no lo es el que simplemente enseña a los alumnos sino el que sabe aprender de ellos”. Patricio Redondo no sólo quería identificarse con los niños, también con los papas, los árboles, las actividades, la gente de San Andrés Tuxtla, la de Veracruz, la del país entero. Nunca más volvió a hablar de España, ni de sus experiencias anteriores. Eso ya era pasado, ya estaba muerto, no importaba. Sólo los niños de México. También quiso humildemente, él, ya maduro, él quien era maestro de maestros, obtener su maestría en educación, interrumpida por la Guerra Civil Española, en la Universidad de Veracruz como una muestra de respeto a México.
El reverso de la medalla

En el campo, algunos maestros regañan, son autoritarios, se imponen, se desesperan porque son muchos los niños y es difícil controlarlos. La emprenden a reglazos contra ellos al grito de “¡Viva Herodes!”. Joaquina Peralta me contó que después del segundo de primaria se negó a ir a la escuela porque el maestro era muy enojón y “pegaba con el metro”. En segundo de primaria, Isabel Castillo se hartó de ver al maestro besándose con su novia afuera del salón y entretanto ponerlos a dibujar monitos que copiaban del pizarrón. “Claro que no dibujábamos, observábamos los besos”. Por fortuna, los maestros tiranos son una especie en vías de extinción. Para pocas profesiones se requiere cié tanta vocación como para la de maestro. Cuando la preparatoria no era requisito para ingresar a la Normal, muchos encontraban ahí la fórmula para una carrera rápida; esos han sucumbido, se han quedado en el camino porque el oficio de enseñar es sacrificado y hasta ingrato. No hay ahí más recompensa que la satisfacción del deber cumplido. “Los pobresores”, les llamamos en México, donde los sueldos que reciben son casi insultantes. Lejos de considerar esto un desdoro o de guardar resentimientos, ellos permanecen fieles al magisterio. Se desprenden de cuanto tienen y de cuanto saben, porque su misión es esa: dar. “El Profe”, “La Señorita”.
—¿Qué señorita te tocó?
—La señorita Mary.
—Ah, esa deja mucha tarea. A mí me dio en tercero.
Los maestros dan forma a nuestra noción primera de responsabilidad, nos inculcan el sentido del deber antes incluso que nuestros padres. Bajo la guía del maestro aprendemos a amar a la Patria, asimilamos conceptos como cooperación, solidaridad, trabajo en grupo, respeto. Esto último tal vez sea lo más difícil porque de niños somos crueles, acomodamos clavos en los mesabancos, jalamos trenzas, tiramos pedradas, escondemos cuadernos, ponemos apodos y a veces hacemos víctimas de nuestras fechorías hasta a los propios maestros. El caso de Simitrio, la película mexicana en donde los alumnos vuelven imposible la vida de un viejo profesor, no deja de repetirse hoy en día en los planteles escolares.
De colores
de colores son los calzoncillos
de los profesores
De rosita
de rosita son las pantaletas
de las señoritas..

En tercero de primaria, en la “Windsor”, no me impresionó el aspecto físico de la escuela, sus muros, salones, pupitres, patios de recreo, no tengo imágenes ni de mapas ni de pizarrones pero sí siento una profunda gratitud por la maestra que mejor recuerdo: “La Seño Velázquez”‘ que olía a gis, tenía gis y tinta en las manos, y gis en su chaqueta azul marino, siempre la misma. Era un pizarrón con las frases claves escritas indeleblemente, a prueba del paso del borrador. Peinada de chongo, llevaba anteojos y una sonrisa que nos abrazaba. Nos despidió en sexto de primaria y por primera vez apartó a los niños y a las niñas. A nosotras —con una mirada preocupada e intensa— nos dijo que teníamos un diamante adentro, que no lo empañáramos, que no dejáramos que nadie lo manchara. Quizá suene un poco cursi, pero yo le agradecí esa preocupación por nuestra alma o nuestro espíritu, —siempre me llamó la atención el tema de la pureza, de la honestidad— y lo que podría sucedemos más tarde. Sé que a ella le hubiera gustado seguirnos a cada uno, saber de nuestro desenvolvimiento y analizarlo en base a nuestra infancia, nuestros genes y nuestros defectos de formación. Su vocación de maestra iba más allá de la escuela. Patricio Redondo creía que una de las mayores obligaciones del maestro era formar hábitos de trabajo y encender la chispa, que la permanente actividad del espíritu es un antídoto contra la pasividad tradicional. Educación para la vida, educación para “saber hacer”, para dominar hasta donde es posible los fenómenos de la naturaleza y procesar los frutos de la tierra.
Patricio Redondo quería construir hombres de esos niños veracruzanos capaces de resumir desde los siete años en alguno de los cuadernitos escritos, formados, ilustrados e impresos por ellos mismos: “Mexicanitos”, “Xóchitl”, “Nacú”, este texto de la niña Marisa Morales Paredes:
NIÑO
El niño es travieso. Hay unos que son malcriados, juguetones, inquietos, trabajadores, inteligentes. Les gusta leer, escribir y estudiar.
Se sale a la calle a jugar sin permiso y su mamá le pega.
El niño va creciendo hasta ser muchacho, después hombre, porque tiene que trabajar. Luego se va haciendo viejito, hasta que muere.

FIN

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